miércoles, 11 de mayo de 2016

11 El circuito de autos

No sería capaz de aventurar la media de edad del parque automovilístico en Patagonia. La foto fija de una calle aleatoria no sería representativa, pero en alguna conseguí captar una colección de vehículos imposible de ver en Europa occidental como no fuese retrocediendo treinta años (omitiendo modelos de distribución exclusiva en América). La imagen visual puede resultar llamativa pero al margen de eso, a mí me causó todavía más sorpresa la cantidad de desplazamientos motorizados que se realizan dentro de la ciudad. Da igual la hora, siempre se escucha tráfico, y puede imaginarse que muchas de las joyas que pasan por mi puerta no son precisamente silenciosas. Tres semanas al menos fue lo que tardé en acostumbrarme a vivir dentro de un circuito de autos sin hora de cierre.

lunes, 9 de mayo de 2016

10 Me quedé

Cuenta la mitología local que “si subís al cerro Michacheo te quedás en Zapala para siempre”. Pensaba que era el único gallego de la ciudad, pero conocí a una familia de españoles procedentes de Tarragona que llevan 10 años viviendo en Zapala. Me contaron que habían subido al Michacheo en su primera semana. No he dejado de acumular kilómetros de entreno desde que aterricé en Argentina. Pero la tipología del terreno imponía una monotonía peligrosa en mis sesiones que me preocupaba cada vez más ante la carencia de cuestas. De mis incursiones iniciáticas en Zapala, via Google Earth, había adivinado la presencia próxima de un pequeño cerrito de forma cónica. Sobre el terreno lo había divisado de lejos y, al poco, me decidí a buscar el acceso a esta elevación, que destaca sobre los mallines* de la hondonada que limita Zapala por el noreste [*mallín=zona con vegetación propia de sustratos saturados de agua]. Una ladera rocosa y empinada ideal para entrenar subidas y bajadas a diario y, por supuesto, una vista privilegiada la que ofrece la cima del Michacheo. Lo del dicho popular me lo contaron después…

viernes, 6 de mayo de 2016

9 El superclásico

No me lo podía perder. Ese fin de semana coincidía una concatenación de derbis futbolísticos de entre los que destacaba el superclásico del futbol argentino: Boca Juniors-River Plate, en la Bombonera. A esas alturas todavía no me había posicionado hacia un color a pesar de que me habían advertido de que era mandatorio tomar partido por una hinchada. Era importante definirse para adaptar la reacción al gol que viniese en la cancha. En el Chancho Rengo había variedad de insignias en las remeras (=camisetas) de los parroquianos telespectadores. Tenía curiosidad por experimentar la atmósfera futbolera de Argentina en plena efervescencia. Pero el primer gol nunca llegó. Sin pretender ser malote, la ausencia de goles se entiende mejor si resulta que una de las figuras destacadas del partido era un viejo conocido de la afición zaragocista de dudoso recuerdo: el cabezón Andrés D´Alessandro. Una lástima, en cambio, no haber visto a Leo Ponzio en juego. Menos mal que al otro lado del charco el Zaragoza ganó para acercarse a puestos de ascenso.

martes, 3 de mayo de 2016

8 Araucanos

Araucanos llamaban a los nativos de la región, lugareños englobados dentro de la cultura mapuche. Pensé que les cae bien el nombre después de haber visto esos árboles milenarios y singulares de igual raíz: las araucarias. Yo las había visto de jardín, pero al contemplarlas en su entorno natural en un día de niebla espesa parecen estar colocadas para un decorado de cuento. Mario, compañero del museo, se erigió como guía local para acercarme hasta esta flora extraordinaria que brota a unos kilómetros de Zapala, en un paraje que se llama Primeros Pinos. Cambiando a modo naturalista on, las araucarias son coníferas con una distribución muy restringida. La especie de aquí, Araucaria araucana, es endémica y se encuentra formando parte de bosque relictos. Por cierto, las “piñas” de la araucaria se comen, después de ser hervidas durante las horas suficientes. En sabor, son lo más parecido a una bellota que podría imaginar.

lunes, 2 de mayo de 2016

7 El Chancho Rengo

Los comienzos en Zapala estuvieron marcados por la sucesión de novedades y retos: nuevos compañeros, nuevo lugar de trabajo, búsqueda de vivienda, etc. Para lo único que no me había preparado era para la incomunicación. Casualmente, coincidente con mi llegada el internet falló en el museo de ciencias naturales cada día. Además mi espacioso despacho para investigación paleontológica se ubicaba en una curiosa zona de sombra para la señal wifi. Así que el Chancho Rengo, un apañadito establecimiento céntrico, se convirtió en mi oasis de conexión virtual y en el lugar predilecto para mi venerado coffee-time. Durante la primera semana zapalina, entre otras cosas, tomé conciencia de mi necesidad por la red y por el buen café. Puedo adelantar que ambas facetas mejoraron con los días: el wifi mediante un milagroso aparatito repetidor y la adicción al café con un sustitutivo matinal soluble.